lunes, 22 de septiembre de 2008

Debate matinal


Anacardo no quería ir hoy a trabajar. El despertador, que ha sonado a las 7:30, suena como una dolorosa puñalada que fastidia, en apariencia, el mejor momento de la noche. Anacardo se había acostado tarde. Fan de la lectura y el silencio, había esperado pacientemente al momento de calma que resulta cuando la casa se apaga y todos se acuestan para sumergirse en la los libros.

Al llegar a la cocina para prepararse el rutinario café, Anacardo comenta en familia lo ligero que anda de trabajo y lo cansado que se encuentra, como si esperase que alguien le diese el pequeño empujón que le hacía falta para volver a meterse en la cama, dormir, y así poder trasnochar a la noche.

Pero eso no sucedió. Anacardo se acabó el café, subió por las escaleras hasta su habitación, cabizbajo al presenciar por la ventana que estaba lloviendo. A Anacardo le gusta la lluvia, pero desde su casa. Pensar en que aparte de la mochila iba a tener que cargar con el paraguas no hacía otra cosa que aumentar sus ganas de volver a la cama.

Resignado, Anacardo terminó de vestirse, bajó las escaleras y salió de casa camino al trabajo.